¡EY!... Lea con moderación
Cuántos libros se habrán regalado por Navidad, fin de año y Reyes? Menos que juegos de ordenador, supongo. Pero un libro tiene un grosor, un peso, un tacto que no se encuentra en nada más. Ir pasando páginas de un libro es como avanzar por un camino e ir pasando hitos. Leer es un pequeño viaje, pero lleno de estímulos.
Naturalmente, no existen dos libros iguales ni dos lectores iguales. Un mismo libro puede ser apasionante para unos y aburrido para otros. Puede ser educativo, reconfortante, proporcionar placer, sonrisas, reflexiones. Cada libro ofrece la posibilidad de que cada lector lo haga suyo a su modo. Antes de que se pusiera de moda el término interactivo, los libros ya lo eran.
Claro que, cuando se regala un libro, es conveniente pensar si va a gustar a la persona que lo recibe. Pero la duda no debe paralizar. Un libro tiene un final, pero no es un espacio cerrado. Contra todas las previsiones, un libro puede decepcionar o puede entusiasmar. Además, no es forzoso leer un libro determinado. En el fondo, lo que realmente importa es ponerse a leer. Si hemos adquirido el hábito de la lectura, no tendremos ningún escrúpulo si dejamos de leer un libro. Ya encontraremos otro que nos ´pueda satisfacer. Si hemos empezado a interesarnos por los vinos y hay uno que no nos gusta, ya elegiremos otro. Es lo mismo que hacen los aficionados al cine.
En un excelente artículo, Sergi Pàmies habla de la lectura con aquella sutil ironía que le es propia. Alude a la campaña de la Generalitat que se basa en este lema. "La lectura nos hace más libres". (Si no me equivoco, hace años propuse un artículo con este eslógan: "Más libros, más libres", aprovechando el parecido de las dos palabra).
Pàmies dice que el prestigio de la lectura casi asusta. Todas las virtudes que se atribuyen a los libros son ciertas, dice, pero pueden provocar una adicción y quizá estaría bien que en cada ejemplar figurara este aviso: "Lea con moderación". Y prevé que se activarían inmediatamente nuestros mecanismos de contradicción y leeríamos demasiado. Me gusta esta idea de prohibir para estimular, y me lleva a pensar en el planteamiento que yo hice un día. Proponía que si la lectura se quería que fuese popular habría que obligar a quien quisiera leer a ponerse un determinado vestuario. Un chal de color fucsia y un gorro negro con puntitos blancos, por ejemplo. O sea, una especie de uniforme llamativo, sin el que no estuviera permitido leer. Seguro que habría un alud de lectores.



